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Monasterio de la Santa Faz: el rostro que camina con Alicante

En el kilómetro 8 de la carretera de Valencia se guarda un lienzo del siglo XV. Cada primavera 330.000 personas caminan hasta él al amanecer.

28 de abril de 20267 min de lectura
Church bell tower silhouetted against a golden sunset sky

Las cinco y media de la mañana en Alicante. La Concatedral de San Nicolás todavía está cerrada, pero las luces ya parpadean dentro. En la calle Mayor, las primeras familias se atan el mocador de cuadros al cuello y comprueban si el blusón negro aguantará 8 kilómetros de paso lento. Es el segundo jueves después del Jueves Santo. La ciudad va a vaciarse hacia el norte.

El destino tiene varias caras a la vez: reliquia, monasterio, pedanía y madrugada compartida. Todas se llaman igual, Santa Faz. Y en 2026 ese caminar cumple oficialmente más de cinco siglos de continuidad: el 17 de abril, el día siguiente a la peregrinación, el Consell de la Generalitat Valenciana publicó el decreto que declara la Romería como Bien de Interés Cultural inmaterial.

Una lágrima de marzo, una promesa de abril

La historia oficial empieza el 17 de marzo de 1489. Aquel año la huerta levantina llevaba meses sin agua. El cabildo de Alicante, desesperado, organizó una rogativa. La procesión salió de San Nicolás con un lienzo recién llegado de Roma: lo había traído mosén Pere Mena, párroco de la iglesia de Santa María, después de un viaje a la Santa Sede. Un cardenal anónimo se lo había entregado con la única condición de cuidarlo.

La columna se detuvo en el barranquet de Lloixa, a las afueras de la ciudad, en el término que hoy ocupa el monasterio. Allí, según las crónicas, una lágrima brotó del ojo derecho del rostro y rodó por la mejilla del paño. La vieron miles. El propietario de las tierras donó la parcela a la Iglesia en agradecimiento, y allí se levantó una primera ermita.

El paño que era uno de tres

La tradición católica sostiene que el lienzo de la Santa Faz es uno de los tres pliegues de la mantilla con la que Verónica enjugó el rostro de Cristo en el Calvario. Cada pliegue habría conservado la imagen impresa, y los tres están reconocidos por la Santa Sede. Uno se custodia en la basílica de San Pedro de Roma. Otro, el Santo Rostro, en la catedral de Jaén. El tercero está aquí, en una pedanía de la huerta alicantina.

La iconografía del milagro se llama "Las Tres Faces" y la fachada del monasterio es la única en toda la provincia que la representa visualmente: tres rostros idénticos sobre la portada barroca. Un detalle pequeño que casi nadie mira al llegar el jueves de la romería, agotado, esperando turno para entrar.

Un edificio que cambió de orden tres veces

El monasterio que hoy se ve es del siglo XVIII, levantado en sillares con dos cuerpos de fachada y todo el repertorio del barroco alicantino setecentista: pares de columnas salomónicas, cornisas curvas, pináculos. La iglesia es de nave única con cuatro capillas entre los contrafuertes, crucero con cúpula y ábside recto. Detrás del retablo mayor, un camarín octogonal guarda el lienzo: lo decoró Juan Conchillos Falcó, pintor valenciano del siglo XVII.

De la edificación primitiva del siglo XVI solo se conserva la torre, que asoma al este del claustro junto al patio del huerto. El resto fue creciendo y renovándose con cada cambio de comunidad religiosa: jerónimos al principio, después clarisas franciscanas a partir de 1518, llegadas desde Gandía. Esa custodia clarisa duró casi quinientos años, hasta que en 2019 la comunidad, ya muy reducida, cedió el relevo. El 2 de julio de aquel año tomaron posesión las Canónigas Regulares Lateranenses de San Agustín, procedentes del cercano Monasterio de la Preciosísima Sangre de Cristo de Alicante. La Santa Sede formalizó el traslado el 29 de julio de 2020. Hoy las llaman las Monjas de la Sangre.

Ocho kilómetros de blusón negro

La romería empieza a las ocho de la mañana en San Nicolás. La columna avanza por calle Miguel Soler, sale a calle San Nicolás, gira por calle Mayor, cruza la plaza Santísima Faz (donde una capilla guarda una réplica), reencuentra calle Mayor, asciende por Villavieja y Virgen del Socorro hasta enlazar con la avenida de Dénia. De ahí, carretera Alicante-Valencia hacia el caserío. Ocho kilómetros. Dos horas, si caminas a paso de romero.

Quien camina mucho rato sin haberse atado bien las zapatillas lo descubre al kilómetro tres, en la "paraeta". Es el descanso oficial: una franja de carpas frente al complejo Vistahermosa donde el Ayuntamiento monta avituallamiento entre las siete y las once y media. Allí circulan los rollos de mistela, el anís dulce, el vino moscatel servido en copa pequeña y el pan recién hecho. Conviene comer poco. Aún quedan cinco kilómetros y un sol que empieza a cargar.

2026: el año en que la peregrina pasó al inventario

El 16 de abril de 2026 fueron unas 330.000 personas, unas 20.000 menos que en 2025 pero todavía la segunda peregrinación más numerosa de España, solo por detrás de El Rocío de Almonte. Al día siguiente, el viernes, el Consell aprobó el decreto que la declara Bien de Interés Cultural inmaterial. La gestión del nuevo BIC se reparte entre el Ayuntamiento de Alicante y la Diócesis de Orihuela-Alicante, y la inscripción pasa al Inventario General del Patrimonio Cultural Valenciano y al Registro General de Bienes de Interés Cultural del Ministerio de Cultura.

El reconocimiento llega después de cuatro años de tramitación y de un dictamen favorable del Consell Valencià de Cultura en enero. No cambia la liturgia ni el recorrido. Sí blinda el paño, la peregrinación y los oficios que se celebran del jueves al domingo, todo el ciclo que en Alicante se conoce simplemente como la "Santa Faz".

El barrio que vive todo el año

La pedanía donde está el monasterio se llama oficialmente Santa Faz y queda partida entre Alicante y Sant Joan d'Alacant: una raya invisible que cruza la propia plaza. Fuera de la romería allí vive una comunidad pequeña, en casas bajas con patios de naranjos y un par de calles que rodean el caserío. La basílica abre cada mañana y las monjas mantienen el oficio de su vida contemplativa. Si te asomas un día cualquiera, lejos del jueves de la peregrina, entiendes qué tipo de silencio guarda el resto del año.

Es ese contraste lo que sostiene la fiesta. Una pedanía pequeña que vive doce meses con el lienzo, y una ciudad que un jueves al año se despeina entera para venir a verlo. La lágrima que brotó en marzo de 1489 sigue impresa en la mejilla del rostro. La huerta que entonces moría de sed hoy es asfalto, urbanización y supermercado. Pero el caminar de madrugada continúa, igual de lento, igual de obstinado.

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Fuentes

Foto de miguel garcia jimenez en Unsplash

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